Autor: Carolina Delgado Psicología

  • Sobre la Magia y la Psicoterapia

    «El mago hizo un gesto, y desapareció la miseria.
    El mago hizo otro gesto, y desapareció la injusticia.
    El mago hizo otro gesto, y desapareció el hambre.
    El político. El político hizo otro gesto, y desapareció al mago.»

    A veces la popularidad puede ser otra forma de invisibilidad. En España prácticamente todos conocemos a Juan Tamariz y, precisamente por eso, muchos no llegamos a conocer del todo quién era. Los que crecimos delante de la caja tonta probablemente recordaremos por siempre determinados programas y personajes capaces de generar hechizos en nosotros. Cuando leí en la prensa que Juan Tamariz nos había dejado el pasado 18 de agosto, realmente quiero creer que esa despedida terrenal ha sido su gran último acto de magia. Detrás de aquel mago carismático que terminaba sus apariciones tocando un violín que nosotros no veíamos, pero que él probablemente sí sentía, había un profundísimo conocedor de la psicología humana. Y sí, digo psicología, porque la magia está intrínsecamente ligada al dominio de los procesos perceptivos y atencionales del ser humano.

    Cualquiera que haya sentido curiosidad por la magia sabrá la dificultad que entraña cualquier truco. No solo por su diseño y ejecución, sino por la propia puesta en escena. Dar la sensación de algo improvisado cuando cada palabra, gesto y movimiento están cuidadosamente estudiados combina arte y ciencia a la perfección. Que Juan Tamariz estudiara Ciencias Físicas y Cine resulta, visto desde aquí, extraordinariamente coherente. La lectura de «La vía mágica» o «El Arco Iris Mágico» permite descubrir hasta qué punto detrás de aquel aparente caos había una auténtica teoría sobre el funcionamiento de la mente del espectador. Y este último es un libro sorprendentemente fértil para cualquiera que se dedique a la psicoterapia. ¿Por qué? Porque la psicoterapia tiene más de magia de lo que uno puede creer a priori.

    Un buen mago sabe que es imposible prestar atención a todo. Sabe que mientras estamos mirando una mano podemos dejar de ver qué está haciendo la otra. Pero la verdadera elegancia no consiste en mover la mano suficientemente rápido para que no la veamos, sino en conseguir que nosotros mismos decidamos que la otra mano no merece nuestra atención. Tamariz era un auténtico maestro en esto. Nos hacía creer que algo era importante para que dejáramos de preguntarnos por otra cosa. Una explicación falsa, una broma, un gesto aparentemente accidental, una pequeña historia. El mago pone algunas piezas, pero somos nosotros quienes terminamos de montar el puzzle en nuestra cabeza.

    Creemos que percibimos la realidad tal y como es, cuando en realidad percibimos una selección de ella. Atendemos a unas cosas, ignoramos otras, rellenamos huecos, anticipamos acontecimientos y construimos explicaciones que después damos por ciertas. Es en ese terreno donde magia y psicoterapia se rozan, aunque exista entre ambas una diferencia fundamental. El mago organiza nuestra atención para que no descubramos el mecanismo. Una buena psicoterapia debería ayudarnos precisamente a verlo.

    La psicóloga psicoterapeuta Begoña Arnárez propone una estructura muy interesante para entender la psicoterapia, utilizando precisamente la magia como metáfora. Sitúa en un eje el continuo entre realidad y magia (desde otras conceptualizaciones podríamos hablar de un eje realismo-idealismo) y, en otro, el continuo entre inconsciencia y consciencia. De su combinación surgen cuatro cuadrantes por los que, de alguna manera, vamos transitando a lo largo de nuestra construcción psicológica.

    Sin entrar en grandes detalles, hay un lugar especialmente incómodo al que, tarde o temprano, una buena psicoterapia debería conducirnos: el cuadrante de realidad-consciencia. Ahí es cuando empezamos a comprender qué nos ha ocurrido, qué necesitamos, qué heridas arrastramos, qué parte de nuestra historia no podemos cambiar y también qué responsabilidad tenemos sobre aquello que sí está en nuestras manos. En una palabra, aparece el desengaño. Conviene decirlo porque a veces vendemos la consciencia como si fuera liberadora per se, cuando puede ser profundamente angustiante. Hay cosas que uno vive con bastante más tranquilidad mientras no las mira demasiado de cerca. La realidad, contemplada sin demasiado autoengaño, puede ser bastante antipática e insoportable.

    Una posible salida es lo que Arnárez denomina magia negra, correspondiente al cuadrante magia-inconsciencia y donde se ubicarían los trastornos mentales. Y no hace falta pensar en hechizos, dado que somos perfectamente capaces de fabricarla nosotros mismos. Aparece cuando aquello que sentimos no consigue ser suficientemente traducido, pensado e integrado y construimos narrativas que explican nuestra experiencia, aunque sea a costa de deformarla. «No soy suficiente», «no se puede confiar en nadie», «si necesito a los demás soy débil», «si me conocen de verdad terminarán abandonándome». El problema no es solo que estas historias puedan ser falsas o incompletas, sino que terminamos olvidando que son historias que nos contamos. Una experiencia se convierte en identidad, una herida del pasado pasa a funcionar como una ley universal y una expectativa organiza nuestra conducta hasta producir las pruebas que después utilizamos para confirmarla. El truco es perfecto porque el mecanismo desaparece delante de nuestros ojos. Ya no pensamos «he aprendido a esperar que me abandonen», sino «todo el mundo acaba abandonándome». La explicación termina pareciéndonos una descripción objetiva de la realidad.

    Pero existe otra forma de hacer magia. La magia blanca, la del cuadrante magia-consciencia, no consiste en negar la realidad ni en sustituirla por una versión más amable. Probablemente solo pueda aparecer después de haber atravesado la realidad-consciencia. Después de aceptar pérdidas, elaborar duelos, renunciar a determinadas fantasías y asumir que hay cartas que ya han sido repartidas y no podemos devolver a la baraja, comienza cuando conseguimos construir una narrativa más completa y resiliente sobre nuestra biografía. No se trata de pensar «aquello no me hizo daño», sino «aquello me hizo daño, pero no tiene por qué decidir todo lo que ocurra después». No consiste en negar que fuimos abandonados, sino en dejar de vivir como si aquel abandono demostrara que siempre lo seremos. La realidad permanece exactamente donde estaba, pero lo que cambia es nuestra posición frente a ella. Ahí se encuentra, en mi opinión, una de las paradojas más bonitas de la psicoterapia: después de desmontar determinados autoengaños necesitamos construir una cierta forma de magia, solo que esta vez una que no nos aleje de la realidad, sino que nos permita vivir dentro de ella con más libertad.

    Y volviendo al maestro. Juan Tamariz dedicó su vida a mostrar que la experiencia humana depende mucho menos de lo que tenemos delante de lo que nos gusta pensar y mucho más de cómo lo miramos, qué esperamos encontrar y qué historia construimos alrededor. La magia no está en la carta, sino en la cabeza del espectador. Tamariz conseguía que durante unos minutos aceptáramos lo imposible sin sentirnos estúpidos por hacerlo. Al contrario, nos devolvía una capacidad de asombro que los adultos vamos perdiendo mientras acumulamos certezas. Creo que la psicoterapia aspira a algo no tan distinto: ayudarnos a revisar algunas de esas certezas, descubrir los trucos con los que llevamos años engañándonos y construir una magia distinta que nos permita volver a contemplar posibilidades donde antes solo veíamos condenas.

    Quizás por eso aquel violín imaginario con el que terminaba sus actuaciones era una metáfora bastante mejor de lo que parecía. Nosotros sabíamos que allí no había ningún violín. Tamariz también. Y, sin embargo, durante unos segundos todos podíamos escucharlo.